(Wes Anderson y yo.
Lo que queda de una angustia feliz)
Tengo pocos recuerdos de mi niñez tan
significativos como este.
Cuando tenía aproximadamente diez años, estaba en el comedor de mi casa con mis padres, haciendo zapping constante con los desalentadores canales de cable. En el ir y venir de señales, visualizamos que empieza una película en Cinemax, supongo que era un domingo, porque los tres nos sentamos a verla. Cuando terminó, quedamos mudos. Recuerdo decirle a mi madre; "Mamá, ¿viste esa sensación que te queda después de ver una película así?". ¿Melancolía? Una extraña sensación de angustia feliz. Me acuerdo que quedé dominado por esa sensación, subí a la azotea de mi casa y me puse a pensar. Razoné todo lo que vi y sentí al ver la película, los valores de plano, los colores, la música, y especialmente el guión y lo que me había trasmitido. Ese fue el momento decisivo en que con solo diez años de edad me di cuenta que el cine lo era todo para mí. Quería hacer películas como esas, poder trasmitirle a alguien lo que yo había sentido en el momento de ver dicha película. Iba a ser un director de cine. Esta película fue The Royal Tenembaums.
Cuando tenía aproximadamente diez años, estaba en el comedor de mi casa con mis padres, haciendo zapping constante con los desalentadores canales de cable. En el ir y venir de señales, visualizamos que empieza una película en Cinemax, supongo que era un domingo, porque los tres nos sentamos a verla. Cuando terminó, quedamos mudos. Recuerdo decirle a mi madre; "Mamá, ¿viste esa sensación que te queda después de ver una película así?". ¿Melancolía? Una extraña sensación de angustia feliz. Me acuerdo que quedé dominado por esa sensación, subí a la azotea de mi casa y me puse a pensar. Razoné todo lo que vi y sentí al ver la película, los valores de plano, los colores, la música, y especialmente el guión y lo que me había trasmitido. Ese fue el momento decisivo en que con solo diez años de edad me di cuenta que el cine lo era todo para mí. Quería hacer películas como esas, poder trasmitirle a alguien lo que yo había sentido en el momento de ver dicha película. Iba a ser un director de cine. Esta película fue The Royal Tenembaums.
Sé que la historia de cómo un niño de
diez años confirma su vocación artística puede sonar tan cursi que patea, pero las
historias cargadas de sentimientos y descubrimientos personales son las que
hacen a narradores como Salinger o Herman Hesse genios en su técnica. Historias
melancólicas, familias disfuncionales, sonrisas desanimadas y situaciones en
que la incomodidad toma la mano de la ternura, son las que llevan a estos
personajes reflexivos y depresivos a encontrarse en su propio universo. En el séptimo
arte, directores y guionistas como Peter
Bogdanovich, François
Truffaut, Mike Nichols, Noah Baumbach, Alexander Payne, entre otros,
logran no solo con la historia, sino con técnicas cinematográficas trasmitir
estos sentimientos. Actualmente, Wes Anderson es quien lidera, en crítica,
popularidad y taquilla, esta rama de la narración.
No vale la pena ponerse a hablar de lo
que ya todos sabemos; los detallados decorados, los colores pastel, los planos simétricos,
las pintorescas vestimentas. Ya no podemos evitarlo, Wes Anderson está en boca
de todos. Lo que empezó como un proyecto de cine independiente que parecía que
iba a ser culto eterno para algunos y simples ñoñadas para otros, termino
siendo el director predilecto de la generación vintage. Ya no hay que ser un
soñador despierto o un cinéfilo medianamente deprimido para disfrutar las últimas
películas de Anderson. El circuito mainstream se lo tragó, volviendo así sus
obras más accesibles a todo tipo de público. Se ve claro en sus últimas dos
producciones, un poco en Moonrise Kingdom
(2012) y especialmente en The Grand
Budapest Hotel (2014), dos películas donde la estética
wesandersoniana se ve explotada hasta el hartazgo. Parece que nuestro amigo
Wes, descubrió que es lo que a la gente le gusta ver en la pantalla; las
paletas de colores sofocantes y los escenarios rococó, los personajes
obviamente excéntricos y su insoportable estética. Las historias dejaron de ser
tan interesantes y los personajes tan profundos, para centrarse en los puntos
ya nombrados.
The
Grand Budapest Hotel, el
último film de Anderson, es el abuso de sí mismo. Cada cuadro está compuesto
por colores y detalles que no dejan ni un espacio en falso, aunque más de una
vez lo necesite. Los escenarios y las vestimentas van perdiendo la sutileza que
los caracterizaba en obras anteriores. El Hotel Budapest es una maqueta rococó
de rosado pastel chillón, en un fondo exageradamente montañoso que parece una
pintura de época, poco creíble a los
ojos. Pierde la sutil belleza que tenían, por ejemplo, el Belafonte, el magnífico
barco de Steve Zissou, o la adornada mansión Tenembaum, que contaban con el
grado justo de armonía estética.
Los nuevos personajes van perdiendo la
humanidad que tenían los anteriores. Podían ser raros y peculiares pero no perdían
esa conexión con el mundo de los seres reales, no importa de qué época fueran
ni de qué familia provinieran, eran personajes especiales pero humanos. Tanto
Max Fisher, el adolescente snob de Rushmore
(1998), o Margot, la hija adoptiva de la familia Tenembaum, eran personajes excéntricos,
encantadores y profundamente estéticos dentro de su universo. A diferencia de prácticamente
todos los personajes que merodean en el hotel Budapest, que parecen caricaturas
de películas anteriores, son seres alienados que no logran ser creíbles ni
dentro de su propio estilo. Es el abuso, el ser consciente de que es lo que a
la gente le gusta de uno mismo. Las últimas
películas de Anderson parecen estar realizadas para un público conformista y
obvio.
Por ejemplo, Moonrise Kingdom, el film protagonizado por dos niños de doce años
enamorados que conviven en un mundo mostaza y vintage, cuenta con algunos diálogos
exquisitos y escenas memorables, pero algunos personajes parecen reciclados y la historia contiene baches que no son fáciles
de ignorar. De todas maneras, es una película encantadora que funciona muy bien,
tanto para un público mainstream como para un público más exigente. Deja en
evidencia que está diseñada para que, hasta el más duro de los espectadores
diga "awww", con lo bueno y lo malo que esto conlleva.
Por supuesto, no es el primer director al
que le paso esto, diez años atrás Tim Burton vivía la misma situación, pasar de
ser un director con estilo propio a ser un abusador del estilo. Si recordamos
sus primeras películas, Beetlejuice o Edward Scissorhands, son películas
originales y con una estética propia entre lo caricaturesco y lo gótico, que
dejaban a uno emocionado y sorprendido. Da lástima compararlas con las nuevas
producciones de Burton, películas sin gracia alguna, donde las historias se
pierden en un decimo plano y los filtros digitales arruinan una estética que el
mismo patentó. Eso sí, éxitos de taquilla, generadores de merchandising, y
amadas por los adolescentes, es decir, una estrategia de marketing.
En conclusión, nos falta un poco para que Wes
Anderson sea “el nuevo Tim Burton”, sus producciones aún tienen alma, y todavía no vemos niñas con remeras de Mr.
Fox. Tal vez, es muy pronto para atacar
a Anderson de esta manera, capaz que su próximo film vuelve a ser una obra
única, original y personal como lo eran las primeras. ¿Quién sabe? Yo, Demian
de veintidós años, y yo, Demian de diez, aún no perdimos la esperanza.
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Adrien Brody como Dmitri Desgoffe und Taxis |
-Demian
Mirate listen up phillip si ya no lo hiciste, me dq la sensación que alguiennquiso mezclas 500days with summer con rushmore
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